
Verte dos veces, para dos veces quererte
Cien veces más esperarte
Dos de tres para calmar el dolor
Y tres de cuatro para no abandonarme
Una más para quedarme anclado, amor
Y ninguna para olvidarte.


Había algo que quería decirte, lo supe aquella tarde, aquel siempre. Había algo que ocultaban mis labios, que hervía en mi corazón, que hacia sudar mis manos… lo callé y a pesar de todo, no me arrepiento.
La casa sigue siendo la misma, tantos años lejos de aquí me habían hecho pensar que todo había cambiado, al menos las estaciones lo hicieron como de costumbre, pero tú y yo nunca pudimos ser los mismos. Tú por tu parte, continúas sentada en esa silla de junquillo, con la cortina abierta para mirar el paisaje, hacía tiempo era campo, montaña, flores, tierra fértil, hoy no son más que edificios muertos y bestias oxidadas.
Vine desde lejos, ¿sabes? Desde tan lejos como lo crea tu imaginación, tan frío era, tan caluroso, habían montañas y playa, un mar por la madrugada y un bosque susurrándome sus secretos por la noche, al medio día no había nada, sólo un hambre que se desataba en mi estomago y terminaba cuando empuñaba mi mano para metérmela por la boca, a ver si algo saciaba. Pero que te cuento mujer, tú has de saberlo mejor que yo, tú también has estado ahí, alguna vez supiste lo que era estar entre la melancolía, la soledad y la miseria.
Ellos sabían lo que yo ocultaba en aquel baúl, sabían cada cosa que allí había, pero se lo callaban, yo ya no era una niña, pero ahí estaba. Cada noche iba a buscar la llave que escondía en algún otro lugar de mi habitación, abría el baúl aquel, como si fuera a encontrar el mas sagrado de los tesoros, tomaba el pequeño cuadernillo para luego llenarlo de garabatos que intentaba hacer a media luz, a media luz para que nadie preguntase que estaba haciendo, como si fuese un pecado, es que después de descubrir que escribir allí era mejor que cualquier psicólogo o amigo que juega a serlo, no iba a permitir que descubrieran mi secreto a voces.